jueves, 2 de mayo de 2013


Exceptuando  unas  cuantas  cartas  largas,
hace  mucho  tiempo  que  no  escribo  nada
puramente  personal,  así  que  no  confío
demasiado en poder expresarme bien. De hecho,
confianza  en  «poder  expresarme  bien»,  ¿la
habré  tenido  alguna  vez  en  la  vida?  Yo  sólo
escribía porque no podía estar sin escribir.
¿Por  qué  no  podía  estar  sin  escribir?  La
razón  es  muy  clara.  Para  reflexionar  sobre
algo,  yo,  previamente,  necesitaba  plasmar
ese algo por escrito.
Ha  sido  así  desde  mi  infancia.  Cuando  no
entiendo algo, recojo, una tras otra, las pa­
labras  esparcidas  a  mis  pies  y  las  conformo
en  frases.  Si  no  funciona,  vuelvo  a  mezclar
las  palabras  y  las  ordeno  otra  vez  dándoles
una forma distinta. Tras repetir varias veces
el mismo proceso, al fin soy capaz de pensar
como el resto de los mortales. Escribir jamás
me ha parecido duro o pesado. Igual que otros
niños  recogían  hermosas  piedras  o  bellotas,
yo  escribía  con  entusiasmo.  Tomaba  papel  y
lápiz y, con la misma naturalidad con la que
respiraba,  escribía  una  frase  tras  otra.  Y
pensaba.

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